Chindogu es un objeto absurdo e inusable, tanto por su diseño como por su objetivo. Japonesa en origen, la palabra ha sido aceptada en el idioma inglés desde 1991 y procede de la unión de las palabras “chin” (raro, extraño) y “dogu” (herramienta).
En 1980, Kenji Kawakami, guionista de TV, inventor aficionado y editor de una revista de compras, descubrió que los objetos poco útiles y muchas veces bizarros, tenían cierto atractivo y que existían muchos en su entorno. Les bautizó como “chindogu”.
Hoy, hay miles de personas que diseñan chindogus en todo el mundo, desafiando todos los patrones de la usabilidad y la practicidad. Incluso hay sociedades, webs y artículos y libros dedicados a esta disciplina.
Para poder ser considerado chindogu, un invento debe cumplir con 10 premisas básicas:
1.- Un chindogu no está pensado para ser usado realmente.
2.- El chindogu debe existir.
3.- La anarquía es inherente a todos los chindogus.
4.- Los chindogus son herramientas para la vida diaria.
5.- Un chindogu no está a la venta.
6.- El humor no debe ser el único aliciente para diseñar un chindogu.
7.- Un chindogu no es una forma de propaganda.
8.- Los chindogus no deben ser tabús o “indecentes”.
9.- Un chindogu no se patenta.
10.- Los chindogus no favorecen ningún tipo de prejuicios (ni raciales, ni sexistas).
Me parece especialmente interesante el fenómeno porque creo que puede ser extrapolado a la industria del software y más que tratarse de una moda podría acabar siendo un adjetivo perfecto para denominar aplicaciones o interfaces que no tengan sentido ni sean usables. Me imagino diciendo “esta interface es realmente chindogu” o bien, “no compraría jamás un licencia de algo tan chindogu” o incluso “vaya web más chindogu”.
Personalmente creo que cosas como Clippy (el insufrible asistente de Microsoft Office), que no hacía más que aparecer en todo momento y ser bastante molesto, se merecen el apelativo de chindogus. Seguro que si pensamos un momento, hay bastantes ejemplos de chindogus a nuestro alrededor (mandos a distancia incomprensibles, señales que no conducen a ningún lado, funcionalidades de los programas que no son necesarias ni deseables, etc).
Aunque suene a broma, el fenómeno Chindogu es algo a tener en cuenta. Sobre todo porque en las fases de definición y conceptualización de cualquier diseño no viene nada mal pensar si lo que estamos haciendo no acabará siendo un chindogu más.