Esta entrada es una respuesta pública a la columna de hoy de J.J. Millás en El País.
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Escribo la presente para contestar a la columna del señor Millás del viernes 17 de noviembre del presente año, titulada “Utilidades”. En ella, don Juan José, habla -y opina- sobre la usabilidad y los profesionales que se dedican a ella, con una ligereza que abruma.
Señor Millás, que no se le suba la fama a la cabeza y se crea con autoridad para opinar sobre lo que quiera, sin estar informado. La ignorancia se nota mucho y es peor ser un ignorante público que un cauto desconocido.
La usabilidad, más allá de la discusión bizantina sobre si el nombre es correcto o no -ya lo dirá la RAE cuando lo estime conveniente, tal como hizo con “internet” o “cederrón”-, es una disciplina que lleva ya varios años en el campo del diseño de productos. Y no se trata de un grupo de personas que “exigen el advenimiento de abrelatas sencillos” como dice usted. La usabilidad, al igual que la ergonomía, es una disciplina que estudia el comportamiento humano y establece directrices para que los productos cotidianos (desde un coche hasta un bolígrafo, pasando por programas informáticos y páginas web) sean simples de usar. Para que usted, cuando escriba su columna usando el ordenador de turno, no pierda tiempo en entender cómo se escribe o cómo envía el artículo a la redacción del periódico, por ejemplo. Y que luego, desde la comodidad de su casa, pueda ver en su banco cuándo le han ingresado el pago por esta columna.
Decir que la Asociación Profesional de Usabilidad tiene “poco horizonte” porque relega su ámbito de actuación al mundo de los objetos, es pecar de lo mismo que se le acusa. Es como quejarse de que la arquitectura se centre en los edificios y casas, en lugar de preocuparse por salvar a las ballenas. Don Juan José, no sea usted corto de miras. La usabilidad no se dedica a preguntarse cómo solucionar el problema de la pobreza, porque no es esa su finalidad. Y desde ya le aseguro que tampoco tiene entre sus planes buscar la cura para el cáncer, así que abandone sus esperanzas al respecto, si es que las tenía.
No, señor Millás. Usted no ha dedicado ni un segundo a entender de qué estaba escribiendo. Porque opinar es fácil, más todavía cuando se tiene una tribuna como la suya, desde la que se puede pontificar sobre lo que se sabe y lo que no. Ha querido ser ingenioso, irónico, ocurrente y ha acabado escribiendo una columna llena de chistes fáciles, imitaciones nerudianas baratas (“¿Por qué hay decálogos a los que les sobran diez puntos”) y digreciones semánticas estériles.
Lo que usted no se ha parado a pensar, ni a informarse, es que gracias a la labor de quienes desarrollamos esta disciplina se ha tomado conciencia, entre otras cosas, de la necesidad de que internet pueda ser utilizado por personas con discapacidad. O que las salidas de emergencia sean simples de abrir y evitar así muertes innecesarias, que un anciano pueda operar un teléfono móvil, que cualquiera sea capaz de usar una cámara de fotos para guardar un recuerdo, que cuando se cruce un chaval delante de su coche usted encuentre el freno rápidamente y que un hijo pueda conversar con su padre desde la otra punta del mundo.
La usabilidad es mucho más que eso. Y, aunque usted no lo vea, contribuye a hacer que este mundo sea un poco más simple, agradable y accesible para todos.
Buenos días.
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