Fernando tiene 81 años. Es aficionado a la música y a la poesía. El sábado estuvimos en su casa y emocionado, me enseñó una canción que un amigo suyo le había pasado en un disco, sin nombre ni identificación. “No sé de quién es, pero es maravillosa”, me dijo. Era un tema de piano, con aires de tango. “Llevo una semana tratando de sacarla al piano, para escribir su partitura”, afirmó.
Con total naturalidad, saqué mi iPhone, abrí Shazam, acerqué el teléfono al altavoz y en quince segundos tenía toda la información sobre lo que escuchábamos: autor, intérprete, nombre del disco y sello discográfico.
Me metí en Google, hice una búsqueda y conseguí la partitura en PDF. Fernando, con los ojos como platos, me miraba como si fuese el brujo del pueblo. Estaba casi en shock. No dejaba de decir cosas como “increíble” y “gracias, gracias”. Para mí, que estoy todo el día rodeado de cacharros, era lo más normal del mundo.
Al salir de su casa, todavía con la sonrisa en la cara al recordar la sorpresa de Fernando, me asaltó un pensamiento al que no dejo de darle vueltas:
“¿Y yo, cuándo fue que perdí la capacidad de asombro?”.
Me quedé un poco triste, la verdad.


